Es la fina frontera entre el bienestar placentero y el sinsentido absurdo, irritante. Con una autoestima por el suelo no es raro que todo se inunde tan seguido. Me desborde y me ahogue en un charco de aire. Se me escapan los minutos y veo como se van, lejos, lejos. Veo tan lejos que puedo ver mi futuro. Un futuro con más aguas, más silencios, más nostalgias. Nostalgias tan profundas como hoyos negros chapándome las sonrisas. Veo tan lejos, porque miro de cerca, miro de cerca y no entiendo. Y no se escucha, las palabras no se escuchan, cuando lo hacen se diluyen y desaparecen, como si nunca hubiesen estado.
El sinsentido es despiadado, ejecuta “te extraño” y “te quiero” con la misma frialdad, al final solo queda un terreno baldío lleno de nada y polvo. Un campo de batalla con la prolijidad de un estacionamiento.
Y así todo cae, sinsentido, victima de los estragos silenciosos, de las “mentiras”, de los olvidos y los encierros. Se tropieza con cicatrices profundas de sinsentidos pasados. Se esconde en algún bostezo.
Con el estruendo de un silbido, todo se derrumba.
¿Donde están mis te quiero?
Punzante, me gusta.
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